—Señora —me dijo ofreciéndome una silla—, no extraño que esa gente mal educada... Se están cometiendo toda clase de excesos en la desgraciada Sevilla.
—No es eso, no. Si no me ha pasado nada.
—Señora, su rostro de usted me indica desasosiego, agitación.
—Es verdad; pero...
—Está usted muy intranquila.
—Intranquila no: estoy furiosa.
Después de decir esto y de romper en seis pedazos mi abanico, que ya lo estaba en cuatro, procuré tomar una actitud aparentemente serena, pues el caso requería en mí la grave majestad del que condena, no la atolondrada cólera y pueril turbación del condenado.
—¿Y por qué está usted furiosa? —me preguntó el marqués confundido—. ¿En qué puedo servir a usted?
—¡Yo sé que está aquí!... —dije mirando al marqués de un modo que le aterró.
—¿Quién?