—¡Oh!, ¿quién?... será preciso que yo hable, que lo diga todo...
—Señora, no comprendo una palabra.
—Llame usted a la señora marquesa, y quizás ella me comprenda —repuse con amargo sarcasmo.
—Andrea no está en casa.
Al oír esto sentí un sacudimiento. Nuevo y más doloroso cambio en mis ideas, en mi voluntad, en mi cólera, en mis planes; nuevo movimiento de la aguja magnética que brujuleaba en mi corazón, marcándome el derrotero en medio de la tempestad... El marqués no podía tener interés en negarme a su esposa. Así lo comprendí al momento, y sin vacilar un instante, dije:
—¿Ha ido a la casa de doña María Antonia?
—Precisamente, allí está —manifestó Falfán en tono de confianza honrada y tranquila que hubiera cautivado a otra persona más irritada que yo—. La señora doña María Antonia se puso anoche mala, y mi esposa fue a acompañarla un ratito. A las diez estaba de vuelta.
—¿A las diez?
—Pero sin duda hoy se agravó la señora doña María Antonia, porque al rayar el día vinieron a buscar a Andrea y allá está. ¿Encuentra usted en esto algo de extraño?
—No, señor, nada —dije levantándome—. ¿Y dónde vive esa doña Antonia?