—En la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26. ¿Pero se va usted sin explicarme el motivo de su visita, su agitación...?

— Sí, señor, me voy.

—Pero...

—Adiós, señor marqués.

Quiso detenerme; pero rápida como un pájaro fugitivo, le dejé y salí de la casa.

—A la calle que sale a la puerta de Carmona, número 26 —dije a Mariana, que me seguía durmiendo; y para mí en el horroroso vértigo que formaban mis pensamientos y mi marcha: «Ahora sí que de ningún modo se me puede escapar.»

Yo saboreaba de antemano las horribles delicias del escándalo que iba a dar, de la venganza que tomaría, de las palabras que saldrían de mi boca, como el humo y la lava de un volcán en erupción. Me deleitaba con aquella copa de amarguras que se convertía en copa llena del delicioso licor de la venganza. Había llegado al extremo de recrearme en el veneno de mi alma, y de hallar delicioso el fuego que respiraba. Seguía teniendo las mismas ganas de morder a alguien, y creo que mi linda boca tan codiciada, habría sido un áspid si en carne humana hubiera posado sus secos labios.

Mariana, que a Sevilla conocía, me llevó hacia la puerta de Carmona, yo no sé por dónde ni en cuánto tiempo. Había yo perdido la noción de la distancia y del tiempo. Vi una calle larga y solitaria, con muchas rejas verdes llenas de tiestos de albahaca. Vi una fila de casas de fachada blanca iluminadas por el sol, y otra línea de casas en la sombra. Yo buscaba el número 26, cuando sentí pisadas de caballos. Delante de mí, como a cuarenta pasos, abriose una gran puerta y salieron tres hombres a caballo. ¡Era él!

Corrí, corrí... Iba vestido con el traje popular andaluz, y su figura era la más hermosa que puede imaginarse. Los otros dos vestían lo mismo. Caracolearon un instante los corceles delante de la casa, y en seguida emprendieron precipitadamente la carrera en dirección a la puerta de Carmona.

Yo corría, corría, y al mismo tiempo gritaba. Mariana, que no había perdido el juicio, me detuvo enlazando con sus dos brazos mi talle... Mi furor estalló con un grito salvaje, con una convulsión horrible y este apóstrofe inexplicable: «¡Ladrones! ¡Ladrones!»