En el mismo momento en que yo rugía de este modo, dos mujeres se asomaban a la ventana de la casa y saludaban a los jinetes con sus abanicos. Él miró repetidas veces hacia atrás y saludaba también sonriendo. Vi brillar el lente de doña María Antonia, vi los negros ojos de Andrea... ¡Oh, Satanás, Satanás!
Seguí hasta ponerme debajo de la ventana; pero esta se cerró. Seguí corriendo un poco más. Un grupo de hombres feroces apareció por una bocacalle. Su aspecto infundía pavor; pero yo me adelanté hacia ellos, y señalando a los tres jinetes que huían a escape fuera de la puerta, entre nubes de polvo, grité con toda la fuerza de mis pulmones:
—¡Que se escapan!... Corred... Corred tras ellos... ¡Que se escapan!... Los patriotas, los más malos de todos, los ateos, blasfemos, los republicanos, los masones, los regicidas, los enemigos del rey..., los que querían matarle... Corred y cogedles... Yo tengo dinero... Mil duros al que les coja... ¡En nombre de la religión!... ¡En nombre de las caenas!... Vamos, vamos tras ellos... ¡Que se escapan!
A medida que hablaba, iba desapareciendo en mi espíritu la noción de lo externo, y me sentía envuelta en tinieblas o en llamas, no sé en qué; me sentía caer en un hondo infierno lleno de demonios, sumergirme en abismos de negro delirio, de fiebre, de sueño o muerte, pues no puedo expresar bien lo que era aquello.
Perdí el conocimiento.
XXXII
Mi dolorosa enfermedad, que me puso al borde del sepulcro, duró cuarenta días, de los cuales no sé cuántos pasé en terrible crisis, sin conciencia de las cosas, atormentada por la fiebre. Mi sangre enardecida había descompuesto en tales términos las funciones de mi cerebro, que en aquellos angustiosos días no vivía con mi vida propia, sino con el mismo fuego mortífero de la enfermedad. Asistiome uno de los primeros médicos de Sevilla.
Cuando salí del peligro y hubo esperanzas de que aún podría seguir mi persona fatigando al mundo con su peso, halleme en tristísimo estado, sin memoria, sin fuerzas, sin belleza. Mas empecé a recobrar muy lentamente estos tesoros perdidos, y con ellos volvían mis pasiones y mis rencores a aposentarse en mi seno, como después de una inundación, y cuando las aguas se retiran, aparece lentamente la tierra, dibujándose primero los altos collados, luego las suaves pendientes, y, por último, el llano. Así, pasada aquella avenida de sangre que envolvió mi pensamiento en turbias olas venenosas, fue apareciendo poco a poco todo lo existente antes del 13 de junio.
Una imagen descollaba sobre todas las que me perseguían cuando mi fantasía, como un borracho que recobra la claridad de sus sentidos, empezó a presentarme lo pasado. Esta imagen era la de la huérfana, a quien supuse corriendo sin cesar por campos y ciudades, buscando lo que no había de encontrar. ¿Acaso el tormento de ella no era tan grande o quizás mayor que el mío? Pero yo no me hacía cargo de esto; y lejos de sentir lástima de mi víctima, echaba leña a la hoguera de mis rencores, discurriendo mil defectos y fealdades en el carácter de la hermana de Salvador, para deducir que sus angustias le estaban muy bien merecidas. ¡Qué desatinos tan horribles pensé con este motivo! Parece mentira que la exaltación de mi ánimo me llevara hasta los últimos desvaríos, hasta el sacrilegio y la blasfemia.
«Es muy posible —decía yo— que mis horribles angustias hayan sido causadas por las maldiciones de esa mujer. Al verse engañada habrá pedido a Dios mi castigo, y Dios, no hay duda, hace caso de los hipócritas... ¡Ah, los hipócritas! ¡Perversa raza! Son capaces con sus fingidas lágrimas de engañar al mismo Dios y compelerle a castigar a los buenos.»