A estas horrorosas ideas, hijas de una turbada razón, añadía otras quizás más sacrílegas. Mi enfermedad, que parecía un aviso del cielo, no me había corregido; antes bien, cuando resucité estaba más intolerante, más soberbia, y proyectaba nuevos planes para vencer la tenaz contrariedad de mi destino. Lejos de desconfiar de mis fuerzas y de acobardarme, tenía fe mayor en ellas y me vanagloriaba suponiendo una inmediata victoria.

«Me han ocurrido tantos desastres —decía— porque he sido una tonta. Pero ahora..., ¡oh!, ahora, yo me juro a mí misma que moriré o he de atraparle... Iré a Cádiz.»

Cuando esto decía, finalizaba julio y la temperatura de Sevilla era irresistible. El médico me ordenó que buscase en la costa aires más templados.

Los franceses se habían establecido ya en Sevilla, donde reinaba un orden perfecto. En toda España, y principalmente en algunos puntos privilegiados de la tragedia, como Manresa y la Coruña, corría la sangre a raudales. Los dos furibundos partidos se herían mutuamente con impía crueldad. Pero los ejércitos de ambas naciones no habían empeñado ninguna lucha verdaderamente marcial y grandiosa. El nuestro se desbandaba como un rebaño sin pastores, y el francés iba ocupando las ciudades desguarnecidas y dominando todo el país sin trabajo y sin heroísmo, sin sangre y sin gloria. Sus victorias eran ramplonas y honradas; su proceder dentro de los pueblos, templado y noble. Era aquel ejército como su jefe, leal y sin genio; un ejército apreciable, compuesto de cien mil buenos sujetos que no conocían el saqueo, pero tampoco la gloria. ¡Detestable suerte la de España!... ¡Haber hecho temblar al coloso, y sucumbir ante un hijo del conde de Artois, ante un pobre emigrado de Gante!

¡A Cádiz, a Cádiz! Estas palabras compendiaban todo mi pensamiento en aquellos días. Empecé a disponer mi viaje con gran prisa, y a principios de agosto nada tenía que hacer ya en Sevilla.

Mi belleza recobraba al fin su esplendor. Y no era esto poco triunfo, porque me había quedado como un espectro. ¡Con cuánto alborozo veía yo despuntar de día en día la animación, la gracia, la frescura, la viveza, todos los encantos de mi fisonomía, que iban mostrándose como flores que se abren al cariñoso amor del sol! Yo no cesaba de mirarme al espejo para observar los progresos de mi restauración, y casi, casi estoy por decir que me encontraba más guapa que antes de mi enfermedad. Perdóneseme este orgullo vano; pero si Dios me hizo así, si me dio hermosura y gracias, ¿por qué no he de decirlo para que lo sepan los que no tuvieron la dicha de conocerme?

El conde de Montguyon se me presentó en el momento de partir para Cádiz. ¡Oh, feliz encuentro! Mi don Quijote, que había sido ascendido a jefe de brigada, me acompañó en casi todo el camino de Sevilla a la costa, mostrándose en extremo orgulloso por creer próximo el momento de mi definitiva conquista, y yo cuidaba no poco de confirmarle en esta creencia, porque quería tenerle muy dispuesto a servirme en negocios difíciles. Hablamos también de política y de la Ordenanza de Andújar, en que Su Alteza recomendaba la mayor templanza a los absolutistas, habiéndoles disgustado por esto. Pero el tema más agradable a mi caballero era el amor.

Según se expresaba, su bello ideal estaba a punto de realizarse. El país ardiente, el territorio pintoresco, la dama hermosa, nada faltaba para que la leyenda fuese completa. Pero yo, esmerándome en fomentar sus esperanzas, era sumamente avara de concesiones. Mi Ordenanza de Andújar prescribía también la moderación. Ya me había yo instalado en el Puerto cuando, apremiada por el conde, le revelé la causa de mis ardientes deseos de penetrar en Cádiz.

—Un hombre —le dije— que antes poseía mi confianza, administrando los bienes de mi casa; un mayordomo que supo servirme algún tiempo lealmente para engañarme después con más seguridad, huyó de Madrid, robándome gran cantidad de dinero, muchas alhajas de valor y documentos preciosos. Ese hombre está en Cádiz...

—Pero en Cádiz hay tribunales de justicia, hay autoridades...