—En Cádiz no hay más que un gobierno moribundo, que para prolongar su vida entre agonías se rodea de todos los pillos.

—Sin embargo, señora, un ladrón de semejante estofa no puede ser patrocinado por nadie. Horribles cosas se ven en las guerras civiles; pero nosotros los franceses entraremos en Cádiz.

—Esa es mi esperanza.

—¿No tiene usted valimiento con los ministros liberales?

—Ninguno. Mi nombre solo les sonará a proclama realista.

—Entonces....

—Cuento con la protección de los jefes del ejército francés.

—Y con los servicios de un leal amigo... El objeto principal es detener al ladrón.

—¡Detenerle y amarrarle y arrastrarle! —exclamé con furor—. Pero deseo hacer mi justicia a espaldas de la curia, porque aborrezco los pleitos, aun cuando los gane.

—¡Oh!, eso es muy español. Se trata, pues, de cazar a un hombre; ¿por ventura eso es fácil todavía?