—Como un perro... Examinemos bien mi situación, señor conde. ¿Se puede entrar en Cádiz?
—Es muy difícil, señora, sobre todo para los que son sospechosos al gobierno liberal.
—¿Y por mar?
—Ya sabe usted que en la bahía tenemos nuestra escuadra.
—¿Cuándo tomarán ustedes la plaza?
—Pronto. Esperamos a que venga Su Alteza para forzar el sitio.
—¿Y podrán escaparse los milicianos y el gobierno?
—Es difícil saberlo. Ignorarnos si habrá capitulación; no sabemos el grado de resistencia que presentarán los insurgentes.
—¡Oh! —exclamé sin saber lo que decía, obcecada por mis pasiones—. Ustedes los realistas no sirven para esto. Si Napoleón estuviera aquí, amigo mío, mañana, mañana mismo, sí señor, mañana, sería tomada por asalto esa ciudad rebelde y pasados a cuchillo los insensatos que la defienden.
—Me parece demasiado pronto —dijo Montguyon sonriendo—. En fin, comprendo la impaciencia de usted.