—Sí, quien ha sido robada, vilmente estafada, no puede aprobar estas dilaciones que dan fuerza al enemigo. Señor conde, es preciso entrar en Cádiz.
—Si de mí dependiera, señora, esta tarde mandaba dar el asalto —repuso con entusiasmo—. Sorprendería a la guarnición, encarcelaría a los diputados y a las Cortes, y pondría en libertad al rey.
—Ya eso no me importa tanto —dije en tono de conquistador—. Yo entraría al asalto sorprendiendo la guarnición. Dejaría, a los diputados que hicieran lo que les acomodase, mandaría al rey a paseo...
—¡Señora!...
—Buscaría a mi hombre, revolvería todos los rincones, todos los escondrijos de Cádiz hasta encontrarle... y después que le hallara...
—Después...
—Después, señor conde... ¡Oh!, mi sangre se abrasa...
—En los divinos ojos de usted, Jenara —me dijo—, brilla el fuego de la venganza. Parece usted una Medea.
—No me impulsan los celos —dije serenándome.
—Una Judith.