—¿Me lo entregará atado de pies y manos?
—Siempre que no huya antes, sí, señora.
—¡Huir! Pues qué, ¿tendrá ese hombre la vileza de huir, de no esperar?...
—El criminal, amiga mía de mi corazón, pone su seguridad ante todo.
—¿No dice usted que hay una especie de escuadra?
—Una escuadra en toda regla.
—¿Pues de qué sirven esos barcos, señor mío —dije de muy mal talante—, si permiten que se escape... ese?
—Quizás no se escape.
—¿De qué sirve la escuadra? —añadí con la más viva inquietud—. ¿Quién es el almirante que la manda? Yo quiero ver a ese almirante, quiero hablar con él...
—Nada más fácil; pero dudo...