—Me ocurre que si hay capitulación, será más fácil atraparle...

—¿Al almirante?

—No; a... a ese.

—Sin duda. En tal caso se quedaría tranquilo en Cádiz, al menos por unos días.

—Bien, muy bien. Si hay capitulación, arreglo, perdón de vidas y libertad para todos... Señor conde, aconsejaremos al príncipe que capitule... ¡Pero qué tonterías digo!

—Está patente en su espíritu de usted la obsesión de ese asunto.

—¡Oh!, sí. No puedo pensar en otra cosa. El caso es grave. Si no consigo apoderarme de ese hombre... no sé... creo que me costará la vida.

—Yo también le aborrezco... ¡Hombre maldito!... Pero le cogeremos, señora. Me pongo al servicio de este gran propósito con la sumisión de un esclavo. ¿Acepta usted mi cooperación?

Al decir esto, me besaba la mano.

—La acepto, sí, hombre generoso y leal, la acepto con gratitud y profundo cariño.