Al decir esto, yo ponía en mi semblante una sensibilidad capaz de conmover a las piedras, y en mis pestañas temblaba una lágrima.

—Y entonces —añadió Montguyon con voz turbada—, cuando nuestro triunfo sea seguro, ¿podré esperar que el hueco que se me destina en ese corazón no sea tan pequeño?

—¿Pequeño?

—Si es evidente, por confesión de él mismo, que ya tengo una parte en sus sublimes afectos, ¿no puedo esperar...?

—¿Una parte? ¡Oh! no. Todo, todo.

El inflamado galán abrió sus brazos para estrecharme en ellos; pero evadí prontamente aquella prueba de su insensato ardor, y poniéndome primero seria y después amable, con una especie de enojo gracioso y virtud tolerante, le dije que ni Zamora ni yo podíamos ser ganadas en una hora. Al decir esto, violentos cañonazos me hicieron estremecer y corrí al balcón.

—Son los primeros tiros de las baterías que se han armado para atacar el Trocadero —me dijo el conde.

—¿Y esas bombas van a Cádiz?—pregunté poniendo inmenso interés en aquel asunto.

—Van al Trocadero.

—¿Y qué es eso?