—Un fuerte que está en medio de las marismas.
—¿Y allí están...?
—Los liberales.
—¿Muchos?
— Mil y quinientos hombres.
—¿Paisanos?
—Hay muchos paisanos y milicianos.
—¡Oh!, morirá mucha gente.
—Eso es lo que deseamos. Parece que siente usted gran pena por ello.
—La verdad —repuse, ocultando los sentimientos que bruscamente me asaltaban—, no me gusta que muera gente.