—A excepción de su enemigo.

—Ese..., pero ¿estará en el Trocadero?

—¡Quién sabe!... Está usted aterrada.

—¡Oh!, yo quiero ir al Trocadero.

—Señora...

—Quiero ir al Trocadero.

—Eso mismo deseamos nosotros —me dijo riendo—, y para conseguirlo enviaremos por delante algunos centenares de bombas.

—¿Dónde está el Trocadero? —pregunté corriendo otra vez a la ventana.

—Allí —dijo Montguyon asomándose y alargando el brazo.

Hízome explicaciones y descripciones muy prolijas de la bahía y de los fuertes; pero bien comprendí que antes que mostrar sus conocimientos deseaba estar cerca de mí, aproximando bastante su cabeza a la mía, y embriagándose con el calor de mi rostro y con el roce de mis cabellos.