XXXIII
¡Qué aparato desplegaron contra aquellas fortalezas que se alzan entre charcos salubres y que llevan por nombre el Trocadero! Desde que llegó Su Alteza a mediados de agosto, no hacían más que disparar bombas y balas contra los fuertes, esperando abrir brecha en sus gloriosos muros. ¡Figúrese el buen lector mi aburrimiento! Considere con cuánta tristeza y tedio vería yo pasar día tras día sin más distracción que oír los disparos y ver por las noches las majestuosas curvas de los proyectiles. Me consumía en mi casa del Puerto sin tener noticias del interior de Cádiz, ni esperanza de poder penetrar en la plaza. Ni parecía aquello guerra formal y heroica como creía yo que debían de ser las guerras, y como las que vi en mi niñez y en tiempo del Imperio. Casi todo el ejército sitiador estaba con los brazos cruzados: los oficiales paseaban fumando; los soldados hacían menos pesado el tiempo con bailoteo y cantos.
No debo pasar en silencio que el duque del Infantado, que llegó de Madrid en aquellos días, me llevó a visitar a Su Alteza, nuestro salvador y el ángel tutelar de la moribunda España por aquellos días. Luis Antonio era un rubio desabrido, cuyo semblante respiraba honradez y buena fe; pero la aureola del genio no circundaba su frente. Fuera de aquel sitio, lejos de aquella deslumbradora posición y con otro nombre, el hijo del conde de Artois habría sido un joven de buen ver; mas no en tal manera que por su aspecto descollase entre la muchedumbre. Para hallar en él lo que realmente le distinguía era preciso que un trato frecuente hiciese resaltar las perfecciones morales de su alma privilegiada, su lealtad sin tacha y aquel levantado espíritu caballeresco sin quijotismo que le hacía estimable en la corte de Francia. Era valiente, humanitario, cortés, puntual y riguroso en el cumplimiento del deber. Si estas cualidades no eran suficientes a formar un gran guerrero, ¿qué importaba? La pericia militar diéronsela sus prácticos generales y nuestros desaciertos, que fueron el principal estro marcial de la segunda invasión.
Recibiome Angulema con la más fina delicadeza y urbanidad; pero de todas sus cortesanías la que más me agradó fue la de disponer el asalto del Trocadero. «¡Al fin, al fin —exclamaba yo—, será nuestro el horrible fuerte que nos abrirá las puertas de Cádiz!»
El 19 abrieron brecha; pero hasta la noche del 30 no se dio el asalto, habiéndose guardado secreto sobre esto en los días anteriores, aunque yo lo supe por el conde de Montguyon, que no me ocultaba nada referente a las operaciones. ¡Noche terrible la del 30 al 31 de agosto! Noche que me pareció día por lo clara y hermosa, así como por el estrépito guerrero que en ella resonara y las acciones heroicas dignas de ser alumbradas por el sol... Apretado fue el lance del asalto, según oí contar, y Su Alteza y el príncipe de Carignan se portaron bravamente, combatiendo como soldados en los sitios más peligrosos. No fue el hecho del Trocadero una de aquellas páginas de epopeya que ilustraron el Imperio: fue más bien lo que los dramaturgos franceses llaman succès d’estime, un éxito que no tiene envidiosos. Pero a la Restauración le convenía cacarearlo mucho, ciñendo a la inofensiva frente del duque los laureles napoleónicos; y se tocó la trompa sobre este tema hasta reventar, resultando del entusiasmo oficial que no hubo en Francia calle ni plaza que no llevase el nombre del Trocadero, y hasta el famoso arco de la Estrella, en cuyas piedras se habían grabado los nombres de Austerlitz y Wagram, fue durante algún tiempo Arco del Trocadero.
Yo me había trasladado a Puerto Real para estar más cerca. En la mañana del 31, cuando vi pasar a los prisioneros hechos en los fuertes, me sentí morir de zozobra. Entre aquellas caras atezadas a cada instante creía ver la suya. Largo rato tardaron en pasar, porque eran más de mil entre paisanos y militares. Creo que los miré uno por uno; y al fin, cuando ya quedaban pocos, redoblé mi atención. ¡Oh misericordioso Dios, qué estupendas cosas permites! En la última fila, casi solo, más abatido, más quemado del sol, más demacrado, con los vestidos más rotos que los demás, pasó él, él mismo... no podía dudarlo, porque le estaba viendo, viendo, sí, con mis propios ojos arrasados de lágrimas. Llevaba la mano izquierda en cabestrillo, hecho con un andrajo, y su paso era inseguro y como dolorido, sin duda por tener lleno de contusiones el cuerpo. Al verle extendí los brazos y grité con toda la fuerza de mi voz. Mi enamorada exclamación hizo volver la cabeza a todos los que iban delante y a los curiosos que le rodeaban. Él, alzando los amortiguados ojos, me miró con expresión tan triste, que sentí partido mi corazón y estuve a punto de desmayarme. Creo que pronunció algunas palabras; pero no oí sino un adiós tan lúgubre como campanada funeral, y movió la mano en ademán de cariñoso saludo, y pasó, desapareciendo con los demás en una vuelta del camino.
Mi primera intención fue correr tras él: pero en la casa me detuvieron. Cuando serenamente me hice cargo de la situación, formé diversos planes; pero todos los desechaba al punto por descabellados. Pensándolo bien, comprendí que no era tan difícil conseguir su libertad. Me congratulaba de que al cabo de tantas fatigas el destino me le presentara prisionero, para poder decir con más calor que nunca: «Ahora sí que no se me puede escapar.»
XXXIV
Envié recados al conde de Montguyon; pero no se le podía encontrar por ninguna parte. Unos decían que estaba en el Trocadero, otros que en el Puerto, otros que había ido a las fragatas con una comisión. Por último, averigüé con certeza su paradero, y le escribí una carta muy cariñosa. Mas pasó un día, pasaron dos, y yo me moría de impaciencia, sin poder ver al prisionero, ni aun saber dónde le habían llevado. El conde, robando al fin un rato a sus quehaceres, vino a verme el día 4. Yo estaba otra vez medio loca; no tenía humor para hacer papeles, y espontáneamente dejaba que se desbordasen los sentimientos de mi corazón.
—¡Oh, cuánto me alegro de ver a usted! —le dije—. Si usted no viene pronto, señor conde, me hubiera muerto de pena.