Con estas palabras, que creyó dictadas por un vivo interés hacia él, se puso el noble francés un poco chispo, que así denomino yo al embobamiento de los hombres enamorados. Se deshizo en galanterías, a las cuales daba cierto tono de intimidad cargante, y después me dijo:
—Pronto, muy pronto, libertaremos a Su Majestad el rey de España, y entraremos en Cádiz. El sol de ese día, señora, ¡cuán alegremente brillará sobre toda España, y especialmente sobre nuestros corazones!
—Mi estimado amigo —indiqué riendo—, no diga usted tonterías.
Montguyon se quedó cortado.
—Basta de tonterías —añadí— y óigame usted lo que voy a decirle. Ya he encontrado al hombre que buscaba...
—¿Dónde... cómo... ese malvado?
—No es malvado.
—¿Cómo no? Me dijo usted que le había robado sus alhajas.
—¡No es ese... por Dios! ¿Cuándo entenderá usted las cosas al derecho?
—Siempre que no se me expliquen al revés.