—He encontrado a ese hombre... Pero entendamos. ¿No dije a usted que había venido delante de mí un fiel criado de mi casa, el cual entró en Cádiz?...
—¡Ah! sí... entró para observar los pasos del ladrón.
—Pues ese fiel criado tiene el defecto de ser algo patriota... ¡debilidades humanas! y como es algo patriota, se puso a pelear en el Trocadero por una causa que no le importaba.
—Ya comprendo: y ha caído prisionero. ¿Le ha visto usted?
—Le vi cuando los prisioneros pasaron por aquí, pero no le he visto más; y ahora, señor conde, quiero que usted me le ponga en libertad.
—Señora, si Cádiz se rinde pronto, como creo, y todo se arregla, espero conseguir lo que usted me pide.
—¡Qué gracia! Para eso no necesito yo de la amistad de un jefe de brigada —dije con enfado—. Ha de ser antes, mañana mismo.
—¡Oh! Señora, usted somete mi amor a pruebas demasiado fuertes.
—¿Quiere usted que dejemos a un lado el amor —le dije, poniéndome muy seria— y que hablemos como amigos?
Montguyon palideció.