—¿Esa persona —me dijo— interesa a usted tanto que no puede esperar a que concluya la guerra, dando yo mi palabra de que el prisionero será bien atendido?
—No basta que sea atendido —afirmé con resolución—. No basta eso: quiero su libertad; quiero atenderle yo misma, cuidarle, curar sus heridas, tenerle a mi lado, llevarle a sitio seguro...
Me expresé, al decir esto, con vehemencia suma, porque me era ya muy difícil contener mi corazón, que iba al galope en busca de las anheladas soluciones. El conde me oía con cierto terror.
—¿Tanto interesa a usted —repitió—, tanto interesa a usted... un criado?
—No es criado.
—¿Tal vez un anciano servidor de la casa?
—No es anciano.
—¿Un joven?... Supongo que no será el ladrón.
—¿Qué ladrón?
—El ladrón de quien usted me habló...