Pantoja volvió á ladear el gorro. Era una manera especial suya de rascarse la cabeza. Dando un gran suspiro, que salió muy oprimido de la boca, porque ésta no se abría sino con cierta solemnidad, trató de consolar á su amigo en la forma siguiente:

—No sabemos si podrán arreglar lo del expediente de Víctor, á pesar de las ganas que parece tienen de ello sus protectores. Y por lo que hace á ti, yo que tú, sin dejar de machacar en el Director, el Subsecretario y el Ministro, me buscaría un buen faldón entre la gente que manda.

—Pero si me cojo y tiro, y... como si no.

—Pues sigue tirando, hombre, hasta que te quedes con el faldón en la mano. Arrímate á los pájaros gordos, sean ó no ministeriales; dirígete á Sagasta, á Cánovas, á D. Venancio, á Castelar, á los Silvelas; no repares si son blancos, negros ó amarillos, pues al paso que vas, tal como se han puesto las cosas, no conseguirás nada. Ni Pez ni Cucúrbitas te servirán: están abrumados de compromisos, y no colocan más que á su pandilla, á sus paniaguados, á sus ayudas de cámara, y hasta á los barberos que les afeitan. Esa gente que sirvió á la Gloriosa primero y después á la Restauración, está con el agua al cuello, porque tiene que atender á los de ahora, sin desamparar á los de antes, que andan ladrando de hambre. Pez ha metido aquí á alguien que estuvo en la facción y á otros que retozaron con la cantonal. ¿Cómo puede olvidar Pez que los del gorro colorado le sostuvieron en la Dirección de Rentas, y que los amadeístas casi casi le hacen Ministro, y que los moderados del tiempo de Sor Patrocinio le dieron la gran cruz?

Villaamil oía estos sabios consejos, los ojos bajos, la expresión lúgubre, y sin desconocer cuán razonables eran. Mientras que los dos amigos departían de este modo, totalmente abstraídos de lo que en la oficina pasaba, el maldito cojo Salvador Guillén trazaba en una cuartilla de papel, con humorísticos rasgos de pluma, la caricatura de Villaamil, y una vez terminada, y habiendo visto que era buena, puso por debajo: El señor de Miau, meditando sus planes de Hacienda. Pasaba el papel á sus compañeros para que se riesen, y el monigote iba de pupitre en pupitre, consolando de su aburrimiento á los infelices condenados á la esclavitud perpetua de las oficinas.

Cuando Pantoja y Villaamil hablaban de generalidades tocantes al ramo, no sonaban con armonioso acuerdo sus dos voces. Es que discrepaban atrozmente en ideas, porque el criterio del honrado era estrecho y exclusivo, mientras Villaamil tenía concepciones amplias, un plan sistemático, resultado de sus estudios y experiencia. Lo que sacaba de quicio á Pantoja era que su amigo preconizara el income tax, haciendo tabla rasa de la Territorial, la Industrial y Consumos. El impuesto sobre la renta, basado en la declaración, teniendo por auxiliares el amor propio y la buena fe, resultaba un disparate aquí donde casi casi es preciso poner al contribuyente delante de una horca para que pague. La simplificación, en general, era contraria al espíritu del probo funcionario, que gustaba de mucho personal, mucho lío y muchísimo mete y saca de papeles. Y por último, algo había de recelo personal en Pantoja, pues aquella manía de suprimir las contribuciones era como si quisiesen suprimirle á él. Sobre esto discutían acaloradamente hasta que á los dos se les agotaba la saliva. Y cuando Pantoja tenía que salir porque le llamaba el Director, y se quedaba Villaamil solo con los subalternos, éstos se distraían y solazaban un rato á cuenta de él, distinguiéndose el cojo Guillén por su intención maligna.

—Dígame, D. Ramón, ¿por qué no publica usted su plan para que lo conozca el país?

—Déjame á mí de publicar planes (paseándose agitadamente por la oficina). ¡Sí; buen caso me haría ese puerco de país! El Ministro los ha leído y les ha dado un vistazo el Director de Contribuciones. Como si no... Y no es la dificultad de enterarse pronto, porque en las Memorias que he escrito he atendido: primero, á la sencillez; segundo, á la claridad; tercero, á la brevedad.

—Yo creí que eran muy largas, pero muy largas—dijo Espinosa con gravedad.—Como abrazan tantos puntos...

—¿Quién le ha dicho á usted semejante cosa? (enfadándose). Si cada una no abraza más que un punto, y son cuatro. Y basta y sobra. ¡Ojalá no me hubiera ocupado de escribirlas! Bienaventurados los brutos...