—Esta tarde no —dijo Rubio—, pues Fray Jacinto ha prometido venir conmigo a ver a las Constantinoplas, que están locas por conocerle.
—Y Castillo, ¿dónde está? —preguntó Palomeque.
—En misa.
—¡Oh, patres conscripti! —dijo otro fraile que vino a toda prisa por el claustro adelante—. ¡Grandes y estupendas novedades! Han llegado tres Consejeros de Castilla, y están en conferencia con el Prior.
—¿Y a qué vienen esos Consejeros del diantre?
—Según he olido, los manda Napoleón para que nos emboben, por ver si consigue que una diputación de regulares de todas las Órdenes vaya a cumplimentarle y hacerle randibú en su cuartel de Chamartín.
—Antes al demonio.
—¿Conque randibú al azote de los pueblos, al enemigo de la religión, al carcelero de nuestro Rey? Muy bien, tras de cornudo, aporreado, y vengan palos, que con besar la mano que nos los da, todo queda concluido.
—Como se han de levantar contra Napoleón hasta las piedras, y al fin ha de marcharse con su hermano, excusado es andarse con mieles.
A esta sazón llegó el Padre Castillo que venía de decir su misa, aquel discreto y agudo fraile que en casa de la señora Condesa había hecho el expurgo de libros.