—No disputaré sobre si es conveniente o no reducir el número de conventos —dijo Castillo—. Cuestión es esta delicada y sobre la que se podría hablar mucho. Lo que sí afirmo es que la reducción del número de regulares, y las ideas de poner coto a tantas fundaciones, son bastantes antiguas, y se han ocupado de ello mil eminentes repúblicos. Ya saben todos que en el siglo pasado se ha clamoreado bastante sobre esto. ¿Y qué más? A principios del decimoséptimo siglo, cuando aún no se soñaba en enciclopedias, ni en revoluciones, ni en logias, ni en filosofías, personajes respetables, y entre ellos algunos españoles sapientísimos, se expresaron en igual sentido. Como me dedico a buscar papeles viejos, ¡vean mis caros hermanos la casualidad! en estos días he encontrado dos que vienen como de molde a terciar en esta contienda.
Y al punto fue a su celda, que muy cerca estaba, y volviendo con dos libros viejos, los mostró a sus hermanos.
—Aquí están —dijo—. Uno es el Memorial que al Rey D. Felipe III dio en su Consejo de Estado Fray Luis de Miranda, lector jubilado, de la Orden de San Francisco, acerca de la ruyna y destrucción que amenazaba a la república y monarquía de España, si con presteza no se acude al remedio. Las causas y razones que expone, son: Primera, la muchedumbre de hacienda que de secular se está convirtiendo en eclesiástica. Segunda, las innumerables personas que, por sus particulares fines, de seglares se hacen religiosos, sin aver de ello necesidad, antes con daño de las mismas religiones. Esto se escribía en los primeros años del siglo decimoséptimo, y si el mal era cierto, juzguen Vuestras Paternidades si habrá aumentado, no habiendo nadie acudido al remedio. El otro libro se titula Discurso del doctor D. Gutiérrez, Marqués de Careaga, en que intenta persuadir que la monarquía de España se va acabando y destruyendo a causa del estado eclesiástico, fundación de Religiones, Capellanías, Aniversarios y Mayorazgos. Esto está impreso en 1620. De modo, hermanos míos —añadió con zunga el buen Castillo—, que hace doscientos años hubo quien ya dio en la flor de decir que éramos muchos. Ahora, pues, carísimos, cada uno meta la mano en su pecho, consulte a su conciencia y pregúntese a sí mismo si cree estar de más: intelligenti pauca. ¿Y esas gallinas, Padre Palomeque, cuántos huevos han puesto en la semana? ¿Y cómo van esas jaulas, Padre Salmón? ¿Qué me dice Vuestra Paternidad de aquellos enigmillas tan reservados que le enviaron ayer las Constantinoplas, Padre Rubio? ¿Halos acertado ya? ¿Y qué tal van esos toques de flauta, Fray Agustín del Niño Jesús?
Y así fue dirigiendo a todos graciosas pullas, si bien ellos no se irritaban, gracias al respeto que le tenían. Con esto y con la retirada de Castillo se desbarató el corro, y casi todos fueron a husmear a la puerta de la celda del Prior por ver si descubrían cuál era la misteriosa comisión de los Consejeros de Castilla. Cuando Salmón y yo íbamos a espaciarnos un poco por la huerta, vimos un fraile anciano que, leyendo devotamente su libro de oraciones, se paseaba en el claustro bajo. Pregunté a mi amigo quién era aquel venerable sujeto, y me dijo:
—Este es el Padre Chaves, el más piadoso y recogido de todos los frailes de este convento, si bien me parece que es algo mentecato. No hace más que rezar, leer libros santos, y asistir a todos los enfermos de la casa. Hace catorce años que no ha salido una sola vez a la calle. No recibe regalos, sino aquellos que puede dar a los pobres. Apenas come, y cuanto le dan aquí lo guarda para repartirlo los sábados a una chusma que viene a la portería, porque, según dice él, ya que no puede redimir cautivos, quiere redimir a los que padecen la peor esclavitud de todas, que es la miseria. Antes te dije que era un mentecato; pero la verdad, hijo, Chaves es un excelente hermano.
—Dios ha puesto de todo en el mundo —pensé yo—; y así como no hay nada perfecto, tampoco hay cosa alguna que sea rematadamente mala.
XXIII
Al día siguiente, Salmón me dio muy malas noticias.
—¿Sabes lo que pasa, Gabriel? —me dijo entrando muy de mañana en la celda que se me había asignado—. Pues he sabido que el Gobierno francés, que ahora nos rige, ha nombrado alguacil, o como ahora dicen, oficial, jefe o no sé qué de policía, a ese mismo Santorcaz que quería prenderte. Esto tiene indignados a cuantos le conocían, y prueba a las claras que ya estaba vendido a los franceses desde antes del sitio. También es indudable que en aquellos días fue nombrado alguacil por la Sala de Alcaldes, sin que nadie acierte a darse cuenta de cómo consiguió tal cosa. Le acompaña hoy, como antes, su escuadrón de gente de mal vivir, que, como sabes, era la que días pasados acaloraba los ánimos contra los franceses en los barrios bajos, haciéndose pasar por ardientes patriotas. Pero di, ¿qué has hecho para que te quieran prender? Porque me han dicho que él y los suyos te buscan con verdadero frenesí, registrando todos los rincones de Madrid.
—En verdad que no sé en qué fundan su persecución —respondí—, pues por más que me devano los sesos, no puedo traer al pensamiento ninguna acción mía que a cien leguas se parezca a un delito. Pero esos hombres son muy malos, y no hay que buscar fuera de ellos la causa de sus maldades.