—Pues me han dicho que en todo el día de ayer ese Santorcaz no ha hecho más que prender gente sospechosa, es decir, gente a quien supone hostil a los franceses.

—Es una venganza personal —dije—, o tal vez deseo de apoderarse de mí para una baja intriga.

—¡Qué inmunda canalla! ¡Y de esta manera quiere el rey de Copas y su hermano hacerse amar de los españoles! Pues no es mal chubasco el que se nos viene encima. Dicen que Napoleón ha rasgado el acta de capitulación, expidiendo con fecha de ayer varios decretos contrarios a lo estipulado.

—Pues, Padre mío —dije—, veo que me es preciso huir de Madrid a toda prisa.

—¡Huir de Madrid! ¿Crees que es fácil ahora? Estate unos días más en esta casa, que el Prior no tendrá inconveniente en ello, y después veremos cómo te sacamos de la Villa. ¡Oh! Me han asegurado que la salida es muy difícil hasta para las ratas. Parece que la gente de los pueblos inmediatos a Madrid está levantada en armas. Temen los franceses que esto sea cosa urdida con los de aquí para favorecer un movimiento insurreccional dentro de la Corte, y han resuelto incomunicar a Madrid. La vigilancia que hay en las puertas es peor que de inquisidores: no dejan salir a alma viviente sin registrarle y darle mil vueltas; y como el viajero no lleve un papelucho que llaman carta de seguridad, expedida por esa bendita Superintendencia de policía, a quien vea yo comida de lobos, lo someten a un consejo de guerra. Conque, hijo, estás en peligro; no puedes vivir en Madrid, y la salida es muy difícil. ¡Ah! En este momento se me ocurre una cosa, y es que podemos solicitar el amparo de la señora Condesa, en cuya casa estuviste el otro día, la cual me han dicho que es amiga de los franceses.

—¡La señora Condesa amiga de los franceses!

—Quiero decir, partidaria. Su primo, el Duque de Arión, que ha pasado toda su vida en Francia, entró en España con Bonaparte, de quien es muy devoto, y actualmente está en el Cuartel general de Chamartín. Anteayer estuve en casa de la Condesa, y le esperaban de un día a otro. Como haya venido, no nos sería difícil que aquella bondadosa señora te consiguiese una carta de seguridad para evadirte. Entre tanto, hijo, aquí estás más seguro; y por sí o por no, vamos tú y yo ahora mismo a ver al Prior del convento, que es hombre de mucho mundo y de tanta trastienda, que sería capaz de pegársela al lucero del alba. Él nos dirá si lo que me ha ocurrido es razonable, o si hay otro medio más expedito para ponerte en salvo.

Y sin más dimes ni diretes, llevome a la celda del Padre Prior, que en aquel momento había vuelto de decir su misa y despabilaba dos onzas de chocolate. Era el Padre Ximénez de Azofra un hombre pequeño, de edad madura, ojos muy vivos, sonrisa maliciosa, cortesanos modales y simpática conversación. Recibiome con mucha bondad; y cuando Salmón le expuso las apreturas en que yo me encontraba, dijo lo que sigue:

—En otras circunstancias, joven incauto, fácil nos habría sido socorreros poniéndoos al abrigo de esta casa. Pero ahora todo está al revés. El Gobierno intruso nos mira con muy malos ojos, y bastaría que le protegiéramos a usted para que se nos acusara de cómplices de la insurrección, que así llaman ellos a nuestra santa causa. En verdad que cada vez odio más a esa canalla. Ved lo que hacen ahora. Desde que Madrid se ha rendido, ya les ha faltado tiempo para quebrantar lo convenido; y si prometieron respetar las vidas, libertades y hacienda de este vecindario, ayer todo ha sido prender y encarcelar gentes honradas, a quienes se acusa de auxiliar a los insurgentes de Talavera y de Cuenca. Todo es sospechar, y acusar, y asustarse hasta de vanas sombras; y como los restos del ejército de San Juan y las tropas del de Castaños que se unieron al Duque del Infantado andan por estas inmediaciones levantando los pueblos contra los franceses, estos ven un espía en cada vecino de Madrid, y han resuelto impedir toda comunicación entre los habitantes de esta Villa y los de Ocaña, Toledo, Talavera e Illescas, por lo cual no permiten la entrada de los paletos, fruteros y verduleros, razón de la gran carestía que hoy tienen todos los artículos.

—Mala situación es esta —dijo Salmón—. ¿De modo, señor Prior de mi alma, que en buenos tiempos no recibiremos nada de nuestras granjas de Leganés, Valmojado, Casarrubuelos, Bayona de Tajuña y Santa Cruz del Romeral? ¡Bonito porvenir! ¿Y entonces quid manducaverunt vel manducavere?