—¡Oh! amigo Salmón —contestó el Prior con malicia—, aquí viene bien aquello de ventorumque regat pater, que quiere decir viento en panza, según traducía aquel gilito descalzo de quien tanto nos hemos reído. Es preciso hacer penitencia.
—Bien, retebién —exclamó Salmón bufando—. ¡Viva el Emperador de los franceses y Rey de Italia y protector de la confederación del Rhin! De esa manera conseguirá Vuestra Majestad Imperial y Real, que asada en parrillas vea yo, conquistar las simpatías del clero regular.
—No se cuida él de nuestras simpatías, amigo Salmón.
—Pero en resumidas cuentas, señor Padre Prior, este muchacho, de cuya moralidad y buen proceder respondo, necesita salir de Madrid, y no dudo que usted con su influencia le podrá sacar una carta de seguridad, con la cual y disfrazado...
—¡Qué cosas tiene Salmón! —dijo Ximénez de Azofra—. ¿Qué puedo yo hacer? Conque en priesa me ve, y doncellez me demanda. ¿No le he dicho que desconfían de los regulares, y especialmente han tomado entre ojos a los de esta casa?
—No sabía tal cosa. Al contrario: oí decir que Vuestra Paternidad es de los que van a Chamartín a cumplimentar a mi señor Don Caco imperial, rey de los pillos, y protector de la congregación del Rin... conete y Cortadillo.
—¡Yo! —exclamó Ximénez con asombro—. No he nacido para besar la mano que me azota. Español soy, y español seré mientras viva. He predicado en el púlpito de la Merced contra el Emperador, y no imitaré a los que siendo primero desaforados patriotas, ahora son patriotas tibios con vislumbres, amagos y pintas de afrancesados. Cierto es que va a Chamartín una diputación de todas las clases de la sociedad; cierto que me han invitado para ir, y vea su merced aquí la carta que sobre este punto el Corregidor me ha dirigido y que, de haber justicia en la tierra, debería ser quemada por la mano del verdugo. ¿No es una vergüenza que de este modo se humillen los hombres? Ayer todo era inquina contra el ogro de Córcega, todo insultarle y ponerle por esos suelos; hoy todas son blanduras. El mismo señor Corregidor de Madrid, que en su bando del 25 de noviembre decía: La España está invadida por el tirano que domina en Francia, el cual ha quebrantado pérfidamente las santas leyes, etc.; ese mismo señor Corregidor D. Pedro de Mora y Lomas, caballero de la Orden de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, subsecretario con ejercicio de decretos, intendente de los reales ejércitos y de esta provincia, corregidor de esta villa, subdelegado de Rentas reales, intendente de la real Regalía de Casa y Aposento, superintendente general de Sisas reales y municipales de ella, y subdelegado de Montes y Pósitos, etc., etc., pues la retahíla de títulos no tiene fin; ese mismo Corregidor, repito, es el que hoy dirige un llamamiento ante diem a todos los regidores, diputados del Común, procurador general y personero, alcaldes de la Hermandad, Mesta y alguacil mayor por el estado noble, al ilustrísimo señor obispo auxiliar, vicarios eclesiástico y castrense, al venerable cabildo de señores curas y beneficiados, a los reverendos prelados de todas las religiones, al cuerpo colegiado de la nobleza, diputados de los cinco gremios mayores, y a todas las diputaciones de los sesenta y cuatro barrios de esta población. ¿Para qué creerán ustedes? Pues nada menos que para hacer presente que la villa de Madrid habrá tenido el honor de ofrecerse a los pies de S. M. I. y R. para manifestarle el reconocimiento a la bondad e indulgencia con que ha tratado esta Corte, felicitarse por tener a S. M. en su seno, y expresarle que si lograba merecer la dignación y aprecio de S. M., se contemplaría dichosa. ¿Qué tal? ¿Es este un lenguaje digno y patriótico? Además, en la convocatoria —añadió recorriendo con la vista el papel— se llama a Napoleón padre amoroso, y a sus atropellos benéficas miras, y el objeto es reunir un cierto número de personas respetables que piquen espuelas hacia Chamartín para pedir a Bonaparte se digne conceder la gracia de que vean en Madrid a su augusto hermano nuestro Rey Josef. Vamos, vamos, no puedo leer más, porque tanta bajeza me saca los colores de la cara. Verdad es que los que esto han firmado lo han hecho cediendo a amenazas del comandante general M. Belliard que les pone el puñal al pecho; pero no por eso es disculpable, pues si no traición a la patria, debe imputárseles una debilidad y flaqueza que raya en crimen.
—¿De modo que usted no va a Chamartín?
—¿Yo? Ni por pienso. He oído que van en representación de los regulares el Padre Amadeo, abad de San Bernardo, y el Padre Calixto Núñez, abad de los Basilios. Ya se ve: ¿qué se puede esperar de esos infelices Benitos, tan dejados de la mano de Dios? Caerán en el garlito los Mínimos, algunos pobres Franciscos, los desdichados Agonizantes, no pocos Agustinos, todos los Gilitos, los Hospitalarios, los Donados, los Carmelitas descalzos, y esos infelices Afligidos, que son los mayores mentecatos de la cristiandad; pero la Merced sostendrá su bandera; la Merced no adulará Emperadores; la Merced, en unión con los Dominicos, desafiará el poder del tirano, contra franceses ladrones y empecatados españoles.
—Y los víveres por esas nubes, y las puertas de Madrid cerradas al buen vino, al rico aceite, a los huevos, a las coles, al extremeño tocino, y a los jamones de Candelario. Bueno, bueno: comamos ensalada de perejil y cañutillos de monjas mojados en agua de limón. ¡Viva la patria, Sr. Ximénez; viva el orgullito que nos pondrá como espátulas!