—Desgraciadamente —continuó Lobo—, esa sensible derrota no puede ponerse en duda.

—Pues yo la pongo —afirmó Fernández rompiendo un plato que al alcance de la mano tenía sobre la mesa—. Sí, señor: yo la pongo en duda; y es más, yo la niego.

—El señor —dijo Doña Gregoria— seguramente no sabe quién eres tú y el cómo y cuándo de lo bien enterado que estás de todo.

—Yo sé la noticia por buen conducto y aseguro que es indudable —indicó Lobo—. El Secretario del ramo de Guerra me lo ha dicho.

—Buen caso hago yo del Secretario del ramo de Guerra —dijo Fernández amoscándose en grado supino.

—Vamos, no porfíes, Santiago... —añadió Doña Gregoria—. Estás más encarnado que pimiento de Calahorra, y no está bien que te dé el reúma en la cara por una batalla de más o de menos.

—Pues que no me falten al respeto. ¡Esto de que le insulten a uno en su propia casa...! —dijo Fernández dando un puñetazo en la mesa—. Porque digan lo que quieran, donde menos se piensa salta un espía de los franceses, ¡y Madrid está lleno de traidores!

Asustado Lobo del enérgico ademán de Don Santiago, no quiso insistir en lo de la derrota, y proclamó muy alto que la batalla de Espinosa de los Monteros había sido ganada y reganada y vuelta a ganar por los españoles, oyendo lo cual se apaciguó nuestro veterano de las portuguesas campañas y habló así:

—Me parece que tiene uno autoridad para decir quién gana y quién pierde en esto de las batallas... y todos no entienden de achaque de guerra... y una acción parece derrota de diablos, hasta que viene una persona inteligente y la explica, y resulta victoria de ángeles... y no digo más, porque sé dónde me aprieta el zapato; y en Espinosa de los Monteros lo que hubo fue que todos los franceses echaron a correr, y el hi... de mala mujer que me desmienta, sabrá quién es Santiago Fernández.

Dijo y levantose, cantando entre dientes un toquecillo de corneta; y dirigiéndose luego a donde desde lueñes edades tenía su lanza, la cogió, y con un paño la empezó a limpiar del cuento a la punta, dándole repetidas friegas, pases y frotaciones, sin atender a nosotros ni cesar en su militar cantinela. En tanto Lobo, que en todo pensaba menos en llevarle la contraria, continuó hablándome así: