—Ahora, Sr. D. Gabriel, me resta tocar otro punto, y es que me diga usted algo de su parentela y abolengo, porque es preciso sacarle una ejecutoria. Con diligencia, el Becerro en la mano, y un calígrafo que se encargue del árbol, todo está concluido en un par de días.
—Mi madre entiendo que lavaba la ropa de los marineros de guerra —le contesté—, y hágamela su merced Duquesa del Lavatorio, o para que suene mejor de Torre-Jabonosa, o de Val de Espuma, que es un lindísimo título.
—No es broma, señor mío. Al contrario, el destino que usted lleva al Perú, no puede dársele sin una información de nobleza. Es cosa fácil. Y de su papá de usted, ¿qué noticias se pueden encontrar en la tradición o en la historia?
—¡Oh! Mi papá, Sr. de Lobo, si no mienten los pergaminos que se guardan en el archivo de mi casa, y están todos roídos de ratones (lo cual es muestra de su mucha ranciedad), fue cocinero a bordo de la goleta Diana, por lo cual le cae bien un título que suene a cosa de comida... pero ahora recuerdo que un mi abuelo sirvió de alquitranero en la Carraca, y puede usted llamarle el Archiduque de las Hirvientes Breas, o cosa así.
—Usted se chancea, y la cosa no es para burlas. ¿Su apellido...?
—Los tengo de todos colores. Mi madre era Sánchez.
—¡Oh! Los Sánchez vienen de Sancho Abarca.
—Y mi padre López.
—Pues ya tenemos cogidos por los cabellos a D. Diego López de Haro y a D. Juan López de Palacio, ese famosísimo jurisconsulto del siglo XV, autor de las obras De donatione inter virum et uxorem, Allegatio in materia hæresis, Tractatum de primogenitura...
—Pues de ese caballero vengo yo como el higo de la higuera. También me llamo Núñez.