—Por las alturas genealógicas de usted, debe de andar el juez de Castilla Nuño Rasura. ¿Y no hubo algún Calvo en su familia?
—¿Pues no ha de haber? Mi tío Juan no tenía un pelo en la cabeza. También me llamo Corcho, sí, señor: yo soy nada menos que un Corcho por los cuatro costados.
—Feísimo nombre del cual no podemos sacar partido. Si al menos fuera Corchado... pues hay en tierra de Soria un linaje de Corchados, que viene de la familia romana de los Quercullus. En lugar del Corcho le podemos poner al Sr. Gabrielillo un Encina o Del Encinar, que le vendrá al pelo.
—A mi madre la llamaban la señora María de Araceli.
—¡Oh, bonitísimo! Esto de Araceli es bocado de príncipes, y más de cuatro se despepitarían por llevar este nombre. Suena así como Medinaceli, Cœlico Metinensis, que dijo el latino. No necesito más.
A todas estas, Doña Gregoria no sabía lo que le pasaba oyendo el diálogo de linajes; y absorta y suspensa aguardaba en silencio en qué vendría a parar todo aquel belén de mis apellidos.
—Que es de buena sangre el niño, no lo puede negar —dijo al fin—, porque bien se conoce en la nobleza de su condición; que hartos hoy por ahí llenos de harapos, y a lo mejor salen con la novedad de que son hijos de un Duque. Aquí estoy yo, que tampoco doy mi brazo a torcer, pues los Conejos de Navalagamella no son ningún saco de paja.
—¿Qué Conejos son esos, señora mía?
—El mejor linaje de toda la tierra. Yo soy Coneja por los cuatro costados. El señor licenciado sabrá de qué fuentes antiguas vendrá este arroyo genealógico de la Conejería.
—Como estos gazapos —contestó el licenciado— no vengan de aquellos tiempos remotísimos en que a España la llaman cunicullaria, es decir, tierra de los conejos, no sé de dónde pueden venir.