—Pues mira, no ofendas a Dios, que podría castigarte.
—¿A mí? ¿Por que?
—Por perseguir a los buenos, y esto de los buenos no lo digo por mí.
—Lo dices por el preso. Nosotros, los guardias, nada tenemos que ver. Eso el juez.
—El juez, y el alcalde y los guardias, todos sois unos. No tienen conciencia, ni saben lo que es virtud... Y no lo digo por ti, Cirilo, que eres buen cristiano. No perseguirás al escogido de Dios, ni consentirás que los infames le martiricen.
—Beatriz, ¿estás loca, o qué te pasa?
—Cirilo, el loco eres tú, si consientes que tu alma se pierda por ponerte del lado de los malos contra los buenos. Piensa en tu mujer, en tus hijitos, y hazte cuenta de que para que el Señor te los conserve, es preciso que tú defiendas la causa del Señor.
—¿Cómo?
Beatriz bajó la voz, pues aunque los demás presentes rodeaban a Ándara, charlando y riendo al otro extremo de la prisión, temía que la oyesen.
—Pues muy sencillo. Cuando nos lleves presos, te harás el tonto y nos escaparemos.