—¡Anda con Dios! ¿Qué familia tienes?
—Ninguna.
—¿Y te gustaría variar de vida..., no ser criminal, no tener ningún peso sobre tu conciencia?
—Me gustaría..., pero uno no puede... Lo arrastran... Luego, la necesidad...
—No pienses en la necesidad ni hagas caso de ella. Si quieres ser bueno, basta con que digas: quiero serlo. Si abominas de tus pecados, por tremendos que estos sean, Dios te los perdonará.
—¿Está seguro de eso, señor?...
—Segurísimo.
—¿Es de verdad? ¿Y qué tengo que hacer?
—Nada.
—¿Y con nada se salva uno?