Retírate si quieres. (Recogiendo tres cartas que hay en el velador.) ¿Tres cartas? ¿Apostamos á que en ellas vienen nuevas calamidades? Nada, que sigue la mala. (Abre una.) ¿Lo ves?... Una desgracia, un golpe en la nuca... Mi padre me anuncia que llega pasado mañana... ¿Y á qué viene?... Es mi padre y no puedo decir contra él ninguna palabra ofensiva. (Con ira.) Te juro, amigo Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay bajo el sol. No puedo echar de mí esta susceptibilidad delicadísima, y adondequiera que me vuelvo no encuentro sino agudas puntas que me la hieren y me la chafan. ¡Este hombre...! (Estruja la carta y la arroja al suelo.) Si no fuera mi padre, creo que le... ¿Pero á qué vendrá á Madrid? Me lo figuro, y la rabia me ahoga. ¿Por qué no se estará allá, en su libre América, olvidado y olvidándonos? No me bastaba con el sofoco que me ha dado Clotilde, sino que también este azote había de caer sobre mí.

Infante.

Lee las demás cartas. La suerte suele darnos sorpresas... Quizás en alguna de ellas encuentres un bien inesperado.

Federico, examinando otra carta.

Sí..., para bienes inesperados está el tiempo. Conozco la letra. Es de Torquemada... (La abre.) ¡Maldita sea tu alma!... (Lee.) «Pongo en su conocimiento que si mañana á las doce...»

Infante.

Lo que es por ese lado... Entérate de la otra. ¿Conoces también la letra del sobre?

Federico, que sonríe examinando el sobre.

Pues mira, estos garabatos me producen una dulce impresión entre tantas desventuras. Es de una mujer... ¿Para qué hacer misterios? Es de La Peri... ¡Pobrecilla!... (Lee para sí.) Nada, me convida á almorzar. Tiene que hablarme... Sí; el día es á propósito para almuercitos...

Infante.