Amistad es ésta que Dios debiera tener en cuenta. En ella se funda algo, que si no es virtud, se le parece; en ella puede haber abnegaciones y hasta sacrificios. No es por alabarme; pero conviene recordar que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida, como tú me ayudas ahora. Me compadeces, como yo te he compadecido. Pues aunque seamos un par de pícaros tú y yo, este sentimiento que uno á otro nos inspiramos, ¿no es de la mejor ley?

Leonor.

Yo no sé lo que me pasa contigo. Bueno debe de ser esto, porque yo, aunque corra mis temporales de amor, siempre tiro hacia ti como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy intranquila, y si oigo decir que estás enfermo, me pongo de mal temple. Me enamoro de éste y del otro, me chapuzo, me emborracho; pero no me importa engañar al que más me entusiasma y encajarle una mentira. Pues no teniendo amores contigo, como no los tengo, primero me corto la lengua que decirte una falsedad. Esto sí que es rarísimo. No sé...; pero como vivo sin familia, me parece que tú eres para mí algo como hermano, como padre..., y si tú dices: «Leonorilla, tal cosa te conviene», lo hago con los ojos cerrados. ¿Consiste en que tú solo me hablas con verdad? Por esto debe de ser. Eres el perdis más caballero que hay bajo el sol.

Federico.

Y tú la perdida más señora que hay bajo la luna. Te profeso un cariño fraternal. ¡Caso extraño! En cuestión de amores, tú vas por tu lado, yo por el mío. Después de rodar cada cual por distinta órbita, venimos á juntarnos en este punto inexplicable de nuestra confianza, que es para mi alma un gran consuelo. (Para sí.) ¿Será verdad lo que estoy diciendo, ó me engaño y me ilusiono con palabras artificiosas? ¿Será que me he connaturalizado con la degradación, como los seres que viven en una sentina y no pueden respirar si se les saca del aire corrupto? Es triste que haya venido á encontrar el único afecto reposado y noble en el trato de esta mujer envilecida.

Leonor, que le ha observado cariñosamente, tratando de penetrar el objeto de su meditación.

¿En qué piensas, monín?

Federico.

En cosas que á mí me pasan.

Leonor.