Federico.
Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto alguna póliza olvidada y prescrita de la Humanitaria...
Viera.
Eres más inocente que este niño que galopa en mis rodillas, y se cree que monta á caballo. ¿Me juzgas tú á mí capaz de presentarme á Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?
Federico, con embarazo.
Es que... me causa pena recordarlo; pero debo decirte que en otras ocasiones, Tomás te ha dado dinero por conmiseración y por evitarse disgustos. Los hombres de orden temen á los pleiteantes enredosos y sin ningún derecho más que á los que de buena fe reclaman su propiedad.
Viera, enérgicamente.
En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni aun en este país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí á sostener un derecho claro y terminante, no á poner una trampa de derechos ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de paso que tienes de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no hay más que bondad y mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el extremo de dejarse explotar? ¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de carácter, se esconden todas las marrullerías de un ingenio vividor. Posee el arte de hacerse pasar por generoso, cuando se ve en el caso de transigir con el derecho ajeno.
Federico.
Me parece que le conoces más por referencias del vulgo que por propia observación. Tomás no es así.