Viera.
Le he conocido niño, le vi crecer y hacerse hombre. Su padre y yo éramos como hermanos. ¡Ah!, Pepe Orozco, grande hombre para los negocios, sin entrañas, duro y económico en su vida interior hasta la sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme á mí, que he visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación á otra...; gran enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha, y le ha sido fácil sentar plaza de virtuoso, de varón justo y magnánimo. (Con sarcasmo.) El otro trabajó como un negro, sacrificó á las ganancias su reputación, para que ahora éste se haga pasar por santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse un huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues si existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la injusticia.
Federico, tristemente.
Estás desvariando, y no te puedo seguir.
Viera.
Te has pasado al enemigo. Mírame cara á cara. (Observándole con suspicacia.) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese interés por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales, de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión que convida martes y jueves.
Federico.
Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos de la infancia.
Viera.
¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda á su mujer? ¿Cobras á tanto la frase, á tanto la anécdota y el chascarrillo?