Federico, conteniendo su ira.
No me hables de ese modo... No puedo tolerarlo.
Viera, riendo.
¡Cándido! Déjame á mí, déjame, que si le saco á tu anfitrión este platito de lentejas realizaré un acto de justicia, por dos razones: primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver á la masa, al despojado imponente á quien representamos en este instante nosotros, los desfavorecidos de la fortuna.
Federico.
Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz lo que quieras, y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas. Nada pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros ni la confianza natural entre hijo y padre.
Viera.
Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba pagarte tus deudas si salía bien de este negocio...; quiero decir, siempre que tus deudas se limitaran á una cifra razonable.
Federico.
Cuídate de las tuyas. (Para sí.) Dios mío, ¡qué hombre! No hace ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo más delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer á un padre sin atropellar las leyes de la Naturaleza!