Viera.
No te pareces á mí más que en la figura. Eres un sonámbulo, un cata-humos, y te pasas la vida mirando á las estrellas, viendo la fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te ocurra oprimir la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de tus relaciones, de tu buen parecer, de tu arte social, que no debe servirnos sólo para divertir á los ricos, como los bufones antiguos divertían á los reyes, sino para compartir con ellos el imperio del mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el ingenio, y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse á la parte, como el galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?»
Federico, para sí.
No le contesto, porque perderé la serenidad.
Claudia, entrando.
Señores..., almuercitis. (Cogiendo al chico de los brazos de Joaquín.) Ven con tu madre, rey de los cielos y la tierra, ángel de amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.
Viera.
Lo que es éste no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser de tu marido.
Claudia, soltando la risa.
¡Qué cosas tiene el señor! Por estas cruces le juro que es de Pepe.