Yo que tú, volvía loco á todo el Ministerio hasta obtener la plaza.

Infante.

En estas alturas, es más difícil sacar una plaza de oficial quinto que una Dirección general. Pero algo haré, porque el chico ese me ha entrado por el ojo derecho. «Pida usted informes á mis tíos acerca de mi honradez—decía,—y como no se los den buenos, me dejo cortar la cabeza.» No quiere el destino más que como ayuda en los primeros tiempos, hasta que pueda tomar rumbos mejores. Y vean ustedes si el nene es activo y sabe apreciar el valor del tiempo. Por las mañanas emplea dos horitas en llevar las cuentas de una tienda de huevos de la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un establecimiento de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres ó cuatro horas escribiendo al dictado en casa de un notario. Con esto reune el pobrecillo sus treinta duretes al mes, que le saben á gloria por el trabajo que le cuesta ganarlos; mas para casarse le hace falta otro tanto, ó por lo menos la mitad. Ha echado bien la cuenta, y es de los que no gastan un real sin saber de dónde ha de salir. ¿Qué tal? ¿Es éste, sí ó no, un hombre predestinado á capitalista?

Villalonga, dando una palmada en la mesa.

Acuérdense todos los presentes de lo que digo. Si vivimos, á ese monigote le hemos de ver con más dinero que nosotros.

Orozco.

Pues tiene, tiene, sí, señor, la fibra económica.

Augusta.

¡Cuando digo que es preciso darle la mano!

Infante.