Augusta.
Una cosa es decirlo y otra... ¡Ay!, ante la soberanía de los hechos, no hay orgullo que no se rinda tarde ó temprano... Esta es mi opinión. Y por mi parte, he de hacer los imposibles porque Federico se reconcilie con su hermana. No es mal sermón el que le espera esta noche, si parece por aquí.
Villalonga.
No le reducirá usted con sermones. Está fuera de sí. Anoche creí que me pegaba porque se me antojó disculpar á Clotilde.
Malibrán.
Corazón fiero, orgullo indomable, ideas anticuadas y consistentes, de esas que desafían con su firmeza el empuje de la opinión vulgar; ideas macizas, que serían muy buenas en una época de acción y de unidad, pero que se vuelven ineficaces y hasta ridículas en una época de inestabilidad, de polémicas y de dudas.
Augusta.
¡Cuando digo que estamos hoy muy sabios!...
Malibrán.
No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los desengaños, que me han obligado á estudiar la vida. Compadézcame usted en vez de zaherirme por lo que sé. Y sé más (con fineza de dicción y de intención), mucho más de lo que usted cree.