Augusta.
No, si yo no he puesto límites ni fronteras á su sabiduría. Es que, francamente, me pareció que había examinado usted con buena crítica las ideas de Federico.
Malibrán.
De quien nada ofensivo dije. Conste. No hay motivo, pues, para que usted se altere.
Augusta, ligeramente desconcertada.
¡Yo!... ¡Alterarme yo!
Malibrán.
Un poquitín, aun antes de que yo completara mi juicio. Me faltaba añadir que de su mismo orgullo, de su susceptibilidad extrema y de la pugna entre sus ideas y sus medios sociales, nacen los hábitos de envilecimiento que á pesar suyo le dominan, y que son su desgracia irremediable y su problema insoluble.
Augusta, devorando su ira.
Todas esas cosas, ¿por qué no se las cuenta usted á él?