Augusta.
Vamos, usted quiso decir que Federico no es caballero.
Infante, para sí.
¡Qué bien me le capea ésta!... Pero no entra... Cada vez más huído.
Malibrán.
Perdone usted, amiga mía. Jamás califico yo acerbamente á una persona con quien me une amistad. (Para sí.) ¿Quieres una estocada? Pues allá va. (Alto.) Lo que yo quise decir es que caballerosidad y necesidad rara vez se llevan bien. ¡Ay de aquél en quien estos dos estímulos se reúnen! En público son muy difíciles de conciliar, y sólo en la esfera privada pueden algunos armonizarlos. En el misterio, en los escondites que labran el miedo y la prudencia, se hacen cosas que, á la clara luz del día, son condenadas con cierto énfasis. Hay dos esferas ó mundos en la sociedad: el visible y el invisible, y rara es la persona que no desempeña un papel distinto en cada uno de ellos. Todos tenemos nuestros dos mundos, todos labramos nuestra esfera oculta, donde desmentimos el carácter y las virtudes que nos informan en la vida oficial y descubierta.
Augusta, vivamente.
Perdone usted, Malibrán; todos no: la tendrá usted; pero eso de todos es un poco fuerte. (Para sí, con ira disimulada.) ¿No habría quien le parara los pies á este majadero?...
Malibrán, para sí.
Vuelve por otra. (Se levanta.)