Augusta.
Pero qué, ¿nos deja usted ya?
Malibrán.
Ya debiera estar en el Ministerio.
Augusta.
No me acordaba... (Irónicamente.) Es tan grata su compañía, y nos adormece de tal modo el encanto de su conversación, que olvidamos lo necesaria que es su presencia en el Ministerio para que marchen bien los asuntos exteriores.
Malibrán, para sí.
Búrlate todo lo que quieras. Ya me la pagarás.
Augusta, estrechándole la mano.
Váyase usted prontito. No le retengo, no quiero tener la responsabilidad de una catástrofe europea.