Orozco.
No puede ser. A ese maestro de maestros no le sabe parar nadie más que yo. Dejádmele á mí.
Augusta.
Hijo de mi vida, tiemblo por ti; temo á tu bondad, á tu miedo al escándalo.
Orozco.
¡Quiá! Que escandalice todo lo que quiera. No sé qué lío se traerá. Ya lo veremos.
Augusta.
Estoy en ascuas. No tendré tranquilidad hasta que no le vea salir de casa. ¿A qué hora viene?
Orozco.
A las tres. (Hablan aparte Orozco y Villalonga.)