¿De salud, bien? ¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!... Lástima que no tengáis hijos. La felicidad parece que no es completa en el matrimonio, cuando no hay familia menuda que lo alegre, lo adorne y lo santifique. Pero aún puede ser que... Sois muy jóvenes... ¡Qué placer me causa verte! Te conocí niño, después mozo, hombre por fin; y las afecciones primeras se renuevan en el alma cuando envejecemos. Tu padre y yo, más que amigos, fuimos hermanos, y á ti te he mirado siempre como hijo. Abrázame otra vez. Sé que no me tienes gran afecto; mas no por eso te retiro el mío, y me sirve de consuelo el corresponder á tu tibieza con el ardor de mi cariño. Yo soy así.

Orozco.

Gracias. ¿Y qué es de la vida de usted?...

Viera.

Hijo mío, mi vida es la continua privación de los bienes que apetece mi alma. Nada más conforme á mi carácter que la estabilidad. Pues heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones extranjeras, sin oir la voz de un ser amado, sin ver el rostro de una persona de mi sangre y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás! Tres grandes atractivos tiene la existencia para un hombre de mi temple y mis inclinaciones: la familia en primer término; después la tierra, ó sea la propiedad; después los libros, ó sea el estudio y la contemplación de la Naturaleza. (Con ternura y acento firme.) Mi ideal de vida sería éste: mis hijos conmigo; debajo de mis pies, un triste pedazo de suelo que cultivar, sin ambición, ni envidioso ni envidiado; y como solaz, media docena de libros buenos. Créelo, éstos son los únicos bienes apetecibles y además las únicas amistades fecundas y verdaderas: la familia, manantial de goces infinitos; la tierra, que te devuelve generosa los cuidados que pones en ella, y el libro sano y ameno, que te deleita, te calma y te instruye. Pues nada de esto me concede Dios á mí. Sin duda me priva de lo que más amo, para concedérmelo en otro mundo mejor.

Orozco.

Si los hechos correspondieran á las intenciones ó á las palabras, no dudo que tendría usted todo eso que desea.

Viera.

¡Los hechos, los hechos! ¿Sabes tú lo que has dicho? ¡Los hechos! Eres feliz; heredaste una gran fortuna; te viste encarrilado desde la niñez en la vida regular, y andas aún con la velocidad que te imprimieron. Todo lo encuentras llano, fácil... Los hechos son para ti una serie de movimientos maquinales, instintivos. Para los que se impulsan á sí propios, los hechos son el movimiento externo, los encontronazos, las sinuosidades del camino, pues de los obstáculos mismos hay que valerse para dar un paso. Mis hechos, Tomás querido, no son míos, y es injusticia juzgar estas cosas aisladamente. Aprécialas en conjunto, abarca de una mirada el mecanismo social, y fíjate en la posición que tenemos en él los desheredados de la fortuna. Es preciso que todos vivamos, Tomás; no se ha hecho el mundo sólo para que lo disfruten los capitalistas. Has visto en mí acciones que te desagradan. ¿Pero tú, talento superior, alma elevada, aplicas á todos los casos la moral cominera y menuda? No, hijo mío; á ti te corresponde medir con la gran regla. Lo harías sin trabajo, si te hubieras formado en la adversidad; pero tu talento debe suplir la experiencia, que te falta. No me juzgues, por Dios, con el criterio del vulgo necio. Tú no eres vulgo, Tomás, ni lo serás nunca, aunque vivas en la atmósfera creada por él.

Orozco, con benevolencia.