No quiero. (Plantándose ante él, y resistiendo con fría tranquilidad la penetrante mirada de Viera.) Y voy á explicarle á usted la razón de esta resistencia que, según veo, le sorprende tanto. Es que me he cansado del papel de hombre recto y juicioso, que la opinión pública se ha empeñado en hacerme representar. He visto que la rectitud, practicada tan en absoluto, me trae más males que bienes. Y resulta una cosa, amigo Viera: antes que los atenienses se aburran de oir llamar justo á Arístides, el mismo Arístides se ha cansado de serlo, y quiere igualarse á los demás. Yo había dado en la manía de no ir con el vulgo, y ahora caigo en la cuenta de que se va mejor por el camino que traza la muchedumbre. ¿Qué tal? Esta salida ha desconcertado al amigo Viera, al ingenioso arbitrista, al aventurero sagaz. (Con cruel humorismo.) ¡Ah!, usted no contaba con ésta, ¿verdad?; dígalo con franqueza; usted fiaba en la decantada severidad de mis principios, en esa fama que me han dado algunos tontos, la cual ha venido á cargarme tanto, pero tanto, que me propongo no perdonar ocasión de desmentirla.
Viera, para sí, confuso y atortolado.
¿Pero este hombre se está burlando de mí, ó qué es esto? (Alto.) Juraría que tu cerebro no está en perfecto estado de equilibrio.
Orozco, volviendo á pasear sin agitación, á ratos deteniéndose ante el otro.
Con el pensamiento me será muy fácil transportarme al ánimo del astuto Viera, y reproducir la serie de juicios que han determinado este acto. Vamos á ver: usted entendió que el amigo Orozco era un ardiente puritano, capaz de dejarse desollar vivo antes que retener un maravedí que no le perteneciese, y se dijo: «Este es el hombre que me conviene á mí. Compro la obligación por una bicoca, y de fijo no vacilarán en dármela, porque la cuestión es compleja y obscura, y los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me presento con mis papeles en regla; el hombre se asusta; la conciencia se sobrepone en él al interés; su inflexible noción del derecho hace mi negocio; cobro á tocateja, y hasta otra.» ¿Es éste, sí ó no, el verídico proceso de la intención y las ideas de usted?
Viera, redoblando su astucia.
Te veo ciegamente entregado á tu imaginación, querido Tomás, y cuanto has dicho es una fantasía loca. En mí no hubo ni hay más intento que el de servirte y ahorrarte penas y dinero.
Orozco.
Pues ahora resulta que el virtuoso y rígido, el hombre de conciencia intachable no existe más que en la infundada creencia de los tontos que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; que defiende su peculio, hasta donde pueda, con el criterio de la mayoría de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta también que al trapisonda que me escucha le ha salido el tiro por la culata, y que por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.
Viera, tragando saliva.