Hija mía, si hasta se ha permitido amenazarme de palabra y de obra. ¡Qué bromas gasta este modelo de ciudadanos y espejo de marido! No sabe usted bien cómo se ha puesto. ¡Caramba! Todo por una mala interpretación de mis rectas intenciones... Por Dios... Sea usted juez de esta contienda, Augusta, usted que es un ángel.
Augusta.
¿Juez yo? No he pensado entrar nunca en la magistratura.
Viera.
¡Ay! Horrible tortura es para mí verme mal juzgado por personas á quienes tanto quiero; por personas que son en mi ánimo lo primero del mundo, la crema, el cogollito de la humanidad. (Aturdido y descompuesto.) Augusta, ¿quiere usted que la entere del asunto que me trae aquí? Apuesto mi cabeza á que lo ha de juzgar con más serenidad que su digno esposo, el cual ha sido hoy muy cruel con el compañero y socio de su padre... ¿Le parece á usted que merezco yo, el primer amigo de la casa, ser tratado como un...? No, Tomás; no es propio de ti ensañarte con el débil. Tu misma superioridad te obligaba á la benevolencia.
Orozco.
Evitemos discusiones. (Con desagrado.) Todo lo que cabe decir sobre esto, dicho está ya por una parte y otra. Se me ha hecho una proposición, y yo no he querido admitirla.
Viera, humillándose.
Augusta, intervenga usted con su buen juicio, con su templanza, con su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres. Si en ninguno de los dos encuentro la consideración que creo merecer, si ambos me rechazan con la misma dureza, sólo me resta decirles que aunque los dos se empeñen en ello, no conseguirán tener en mí un enemigo. Amigo soy y amigo seré siempre, y pruebas he de darles de mi cariño, superior á todas las injusticias y desdenes. Yo tendré mis defectos; no quiero hacer mi apología; pero nadie conoció en mí la ingratitud. Yo no puedo olvidar que debo mil atenciones á esta pareja feliz; no puedo olvidar tampoco que mi hijo, que mi querido hijo, es mirado en esta casa como un miembro de la familia...
Augusta, para sí y con sobresalto.