No me doy por vencido. ¡De este modo, ingrata, paga usted los elogios que le hice y los piropos que le eché!... ¡Ay, qué mala se va usted volviendo! Tomás, Tomás, ten cuidado con ella.

Augusta, para sí.

No puedo resistir el cinismo de este hombre.

Viera.

Paciencia. He caído en esta casa con mala suerte. Recibís como á enemigo al que viene con bandera de paz... (Para sí.) Si no recojo velas estoy perdido. (Alto.) Tomás, ¿quieres que aplacemos para otro día la cuestión que ha dado motivo á estas diferencias, y no pensemos más que en renovar nuestra antigua amistad, en gozar de ella como de un bien inapreciable? Yo tengo debilidad por ti, Tomás; yo te quiero como á mi hijo...

Orozco.

La comparación no resulta, porque es dudoso que usted quiera bien á sus hijos.

Viera, aparte.

Este cuáquero maldito me tapa todas las brechas... (Alto.) ¡Si me niegas hasta los sentimientos primordiales del hombre, entonces...! (Con fingida pena.) Amigo mío, quizás sin mala intención me estás agraviando, sí, con verdadera saña. Tú no sabes lo que es amor de hijos, porque no los tienes. En tu hogar falta la alegría, que es fuente de la piedad y de la indulgencia. Augusta, ¿por qué no ha dado usted familia menuda á este hombre? Amiga mía, yo quería encontrar á usted un defecto, y al fin he dado con él. Si en este hogar hubiera hijos, el pobre amigo menesteroso no sería recibido tan mal.

Augusta.