All right... He tenido la desgracia de encontrar aquí los corazones abroquelados contra mi cariño. El uno con su desconfianza y la otra con su huraña virtud, no han sabido comprender el celo y la abnegación con que les sirvo. (Afectando dignidad.) Está bien; por eso no dejaré yo de ser quien soy. Mi conducta no variará. Soy incapaz de venganza, y aunque sintiera estímulos de maldad, no los dirigiría nunca contra personas para mí tan caras, contra personas que considero buenas, deplorando su obcecación. Tomás, no te molestará más este amigo, á quien no quieres comprender. Aguardo en mi casa, hasta mañana, la proposición que te dignes hacerme. Quédate con Dios... (Da la mano á Orozco. Éste se la estrecha con frialdad.) ¡Qué triste me voy... y qué daño me has hecho! (Con emoción muy bien fingida.) Dios te lo perdone. Y usted, Augusta, sea feliz, ignore siempre cuánto me duelen sus palabras incisivas y desdeñosas, y siga siendo compañera de este buen hombre, siga siendo ornamento de la sociedad y orgullo de su familia y de sus amigos. Dios quiera que pueda apreciar algún día que este infeliz no merece ser recibido tan mal. Adiós. (Retírase afectando profunda aflicción. Para sí, en la puerta.) ¡Negocio destripado!... ¡Maldita sea mi suerte, y mala peste os devore, cuáquero indecente y virtud relamida! Si buen punto es él, buena punta es ella... Volveré. (Sale.)
ESCENA IX
Augusta, Orozco.
Orozco.
¿Has visto qué farsante, qué monstruo de astucia?
Augusta, recostándose en un sillón.
Deja, deja que me reponga del terror que me causa. No lo puedo remediar.
Orozco.
¿Terror, por qué? A mí me causa risa. Es un histrión perfecto; pero yo le calo la intención; la máscara que usa se transparenta á mis ojos, y veo la cara del truhán verdadero bajo las muecas del falso amigo.
Augusta.