Hija mía, estás en un error. No has penetrado mi pensamiento.
Augusta, alarmada.
Pues ¿entonces...?
Orozco.
Aunque, contando con el dédalo de nuestras leyes, pudiera sostenerse la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el crédito ese, como deuda sagrada, debe pagarse.
Augusta, cruzando las manos.
¡Dios mío, ten piedad de mi pobre marido que ha perdido la razón!
Orozco.
No digas disparates, ni juzgues tan de ligero lo que no has comprendido bien todavía. Voy á explicarte mi pensamiento, y el plan que he concebido...
Augusta, inquietísima.