Infante.

Nada; una sesión aburridísima. El consabido chubasco de preguntas rurales, hasta las cinco, y en la orden del día la insufrible lata de petróleos en bruto. ¿No fué usted?

Monte Cármenes.

No. Me revienta el tema de estos días en aquellos pasillos. Tanto hablar de inmoralidad le revuelve á uno los humores. Y luego que si hay crisis, que si no debe haberla, que si vira, que si torna... Esto divierte un día, dos; pero luego marea. Y eso que yo gasto la gran pachorra: á cada cual le doy por su gusto, y al que me dice que no podemos vivir sin crisis, le contesto que me parece bien, y al otro lo mismo, y siempre bien, siempre en el mejor de los mundos posibles.

Infante.

Es verdad.

Monte Cármenes.

Vamos á ver qué hay por aquí. (Entran ambos en la sala japonesa.)

Augusta, á Infante.

Manolo, dichosos los ojos... Hoy hemos hablado muy mal de ti... ¿Por qué no viniste á comer?