Orozco.
Ya lleva cuerda para algún tiempo. No tiene motivos de queja, pues por una obligación prescrita le he dado casi el doble de lo que pagó por ella... ¿Y habló con usted algo de su hija Clotilde? Porque tengo curiosidad de saber...
Cisneros.
¡Ah!, sí... Pues contentísimo. Es hombre de una llaneza patriarcal. Ni asomos de los escrúpulos de su hijo. Por él, si la niña quiere casarse con el verdugo, que se case. En medio de su extravagancia, tiene rasgos de ingenio donosísimos. Asegura que en la determinación de Clotilde influye el instinto de renovación de la raza española, repugnando los entronques aristocráticos y similares, y prefiriendo el cruce con las razas inferiores, que son las más sanas.
Orozco.
Tiene chiste.
Cisneros.
Vamos, que me reí un rato con él; y al fin volvió á vomitar denuestos contra ti, llamándote jesuitón, cuáquero, chupador de la sangre del pobre, rico avariento, y qué sé yo qué.
Orozco.
Bien, bien, bien.