Augusta.

¡Que le salve yo!...

Malibrán.

Pero no quiero escandalizar á mi virtuosa amiga refiriéndole mis maldades... (Para sí.) ¡Caray, que no acierto á deslizar entre las flores la flecha envenenada! Veremos si por este otro lado... ¡Ah!, sí. (Alto.) Nosotros los perdidos sabemos respetar la susceptibilidad de las almas puras, á cuyo oído no debe llegar jamás una frase maliciosa. (Para sí.) Allá va la punta, salga como saliere. (Alto.) Es usted una criatura angelical, encanto y desesperación de los hombres imperfectos y frágiles que tenemos la desgracia de adorarla.

Augusta.

¡Ave María Purísima, hasta cursi se está volviendo este hombre!

Malibrán.

Pertenece usted á la escuela de su marido, que fingiéndose insensible á las desdichas humanas, realiza en secreto las obras de caridad más admirables.

Augusta, mirándole con cierto temor.

¿Qué...?