Malibrán, aguzando su ingenio.
Nada, amiga mía; que no le valen á usted sus disimulos ni sus artimañas de modestia para asegurarse la indiferencia pública. La admiración, como la envidia, engendra la curiosidad, y la curiosidad acecha la virtud para descubrirla y sacarla de las tinieblas. Hay espionajes que los mismos ángeles no desdeñarían, porque tienden á indagar los pasos más silenciosos de la virtud para denunciarlos al agradecimiento de la humanidad; y este espionaje santo la sigue á usted hasta descubrir las guaridas apartadas y excéntricas adonde va secretamente en busca de miserias que aliviar y lástimas que socorrer, cumpliendo la obra misericordiosa de consolar al triste.
Augusta, para sí, turbada, mirando con los gemelos á la escena.
¡Maldito seas tú y toda tu casta!
Malibrán, para sí.
Sacúdete la banderilla, tontaina... (Alto.) ¿Qué dice usted?
Augusta.
No he dicho nada. Pensaba que está el diplomático esta noche más tonto que de costumbre, ó como dicen en la ópera, che dall’ usato, piu noioso voi siete; pero no me determiné á decírselo.
Malibrán.
Sí, estoy yo muy tonto... (Para sí.) Vamos, que si me apuras te suelto el nombre de la calle, el numerito y hasta el piso... (Alto.) Admirable cosa es la modestia, y adorno lindísimo de la verdadera virtud. Pero no le vale, no le vale...; no puede usted evitar nuestros homenajes.