Federico.

Ni nunca nos hemos visto en sitio menos á propósito para hablar de cosas graves. (Atisbando por un lado de la cortina.) ¿Quién está ahí?

Augusta.

Cícero, que duerme, y Aguado, que habla con Teresa de la moralidad. Siéntate...

Federico.

¿Nos darán tiempo para decir cuatro palabras?

Augusta.

Sí, sí..., y también ocho, (Impaciente.) Di, ¿qué te pareció mi carta? ¿Qué efecto te ha hecho?

Federico.

Ya puedes suponerlo.